viernes 23 de mayo de 2008

Se busca arquero, con o sin experiencia

Lo ideal es buscar una excusa: entrar en calor a tres canchas de distancia, cargar cuanto bidón aparezca por el pasto, salir a buscar un par de tobilleras de repuesto. Ahora, cuando un jugador tarda unos veinte minutos en decidir entre los botines nuevos y brillantes, y los viejos con varias vías de ventilación, el comportamiento se torna un poco sospechoso. Por más que muchos intenten dilatarlo, ese momento es inevitable.
-Che loco, no se hagan los boludos. ¿Quién ataja hoy?
La mano va directo al pecho. No hay paro cardíaco, pero a esta altura vale todo. La misión: evitar quedar preso de los tres palos. El Deuchebank tiene una curiosa cualidad: nunca tiene arquero fijo. Un enroque tras otro, un puesto que no termina de enamorar a ninguno de sus postulantes. La respuesta a esa incómoda pregunta es inmediata.
-Yo atajé la última fecha, así que a mí ni me miren.
El número más alto, el más bajo, Terrome Terrome, Mayoría. Ninguno de esos juegos goza de tanta legitimidad como para definir semejante designación. Y empieza el desfile de excusas.
-¿Sabés que el otro día me golpeé la mano? No me gusta nada como tengo esta vena. Creo que tengo que ir al doctor.
Eso sí, cada mentira va acompañada de una promesa.
-Posta lo digo, sino atajaría. Quedate tranqui que el próximo domingo voy yo.
Un resignado acepta la carga. Y vuelve la tranquilidad. Ahora se practica en el escenario del partido, se obliga a los suplentes a llenar las botellas vacías y los valientes hacen gala de la guapeza que representa jugar sin tobilleras.
Fue triunfo. Un ajustado 1-0. Y entonces llueven los elogios. "Bien papá", "atajaste como los dioses", "muchachos, me parece que encontramos arquero" y "sos un frontón", entre los más populares.
-Y... Estuve flojito- aclara el flamante arquero.
La muestra de vanidad es atropellada por sonrisas desde todos los costados. A veces es más fácil regalar un elogio que pensar una excusa.

viernes 25 de abril de 2008

En busca del tesoro perdido

Placer en su máxima expresión. Refugiado en el calor de una sabrosa frazada en posición fetal. No disimula su sonrisa. Difícil hacerlo después de 13 horas de una inconsciencia profunda. Las agujas apremian. Poco a poco comienza a reconstruirse. Sin apuro. Así son los domingos. Todo en cámara lenta, producto de un desinterés perfectamente planificado. Lo siguen las obligaciones de rigor por el baño. Siempre de manera cautelosa para no atentar contra el silencio dominical. ¿Camiseta? Lista. ¿Pantalón? Listo. ¿Medias? Listas. ¿Vendas? Listas. ¿Botines?... ¿Botines?...
-¡La puta madre! ¿Dónde mierda están los botines?
La impotencia entra en juego. Sin marcas, habilidosa, juega por toda la cancha. Y provoca un nuevo atentado, una muestra de terrorismo imperdonable.
-¡Maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Paaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¿Dónde dejaron mis botines? Dale loco, levántense.
El exabrupto provoca la atenta reacción de una madre súper protectora.
-¿Qué te pasó?
- No encuentro los botines.
- Pará que te ayudo a buscarlos.
De todos modos, el reclamo no encuentra el mismo refugio en la figura paterna.
-¡Hernán la puta que te parió! Laburo de lunes a sábados como un perro. Dejame dormir.
El grito pasa casi inadvertido. El problema son los botines. El reloj vuelve a apremiar.
-¿Dónde los dejaste?
Pregunta ineficiente si las hay. Los botines no aparecen.
-Siempre los dejo en ése canasto. Vos lo sabés. Pero claro, en esta casa te tocan todos, te cambian todo de lugar y después se hacen todos los boludos.
El cuadro termina de agravarse. La bocina suena clara. Los chicos ya están en la puerta.
-La puta madre, ya vinieron los pibes.
-Tranquilo, da vuelta un zapato.
-Eso es una boludez mamá.
Otra bocina.
-La concha de la lora. Estas cosas me pasan a mí. Y encima hoy que jugamos contra el puntero.
Otra más, aunque en esta ocasión viene acompañada.
-Dale pelotudo que me hago viejo.
Una más, la última, la séptima, termina por desatar la ira.
-¿Saben qué? Vayan, yo no voy. Y no me rompan más las bolas.
La orden es aceptada sin mayores cuestionamientos.
Tuvo que pasar casi una semana para sacarse la mufa de encima. Otro domingo viene para desafiar la paciencia de Hernán.
¿Camiseta? Lista. ¿Pantalón? Listo. ¿Medias? Listas. ¿Vendas? Listas. ¿Botines?... ¿Botines?...
-¿Otra vez? La concha de mi madre. Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

jueves 20 de marzo de 2008

Vacante

Cincuenta y cincuenta. Una mezcla. Oportuna, por supuesto. Es clave estar atento y no dilatar la situación. Hay que ser paciente y dar el golpe en el momento preciso, en ese instante en el que nadie encuentra explicación. En fin, justo cuando el puesto del culpable está vacante. Y entonces, de manera sensata, llega el mensaje.
-Muchachos vengan para acá. Les quería decir que me voy a tomar un tiempito y no voy a jugar el próximo torneo.
Se disparan las respuestas. Algunas con una estampa floreada.
-¡Dale pelotudo! Estamos todos muy pajas. Hay que ponerse las pilas Agus, pero no te borrés en este momento.
Son halagadores. Alimentan el ego. Pero no todos son del mismo calibre. Hay otros que castigan el orgullo.
-Está bien, si esa es tu decisión…
A veces, el análisis va un poco más allá y roza la agresión.
-Si al fin y al cabo estabas jugando para la mierda. Está bueno que te hayas podido dar cuenta.
Imposible quedarse callado. Es necesario contrarrestar de manera lapidaria semejante crítica.
-¡Dejate de joder! Bajé un poco el nivel, un poco nomás. Es el equipo el que está para la mierda.
Ante la duda hay tirar la pelota afuera. Pero hay un comentario más. Uno que no alegra. No enoja. Ni siquiera sube los ánimos. Lastima. Y con fuerza. Ojo, siempre es complementario. Primero está el que intenta reanimar.
-Agus, te tenés que quedar…
Y entonces llega por lo bajo la respuesta de destrucción masiva.
-Dejalo Negro. Ya tomó una decisión.
-Sí, pero es en caliente. El sábado nos comemos un asado y lo hablamos mejor.
-Las bolas. El sábado vamos a bailar. Ya está. No seas putita. ¿Es tu mamá acaso? Dejalo en paz.
Son esa clase de comentarios que lo hacen sentir a uno prescindible. Una cosa es que uno lo perciba y otra muy diferente es que se lo digan. Así, con total impunidad. Simplemente una condena.
Primera fecha. El Deuchebank pierde. Uno a cero. No es que se trata de una alegría inmensa, pero hay cierto regocijo en el rostro de Agustín. Y, sorpresivamente, llegan los goles del Deuche. Uno tras otro. Cuatro en 25 minutos. Apenas diez minutos para el final. Y Agus, apurado, se va a la cancha de al lado. Parece no tener suerte e intenta con la siguiente. Tampoco lo logra. La última del campito le permite conseguir, previo arreglo económico, un accesorio vital. Un poco roto, es cierto, pero alcanza.
Rápido. Los segundos cuentan. Se lo pone sin problemas.
-¡Juez! Cambio.
-¿Qué hacés boludo? Faltan dos minutos y estamos goleando.
Nada cambió. Cuatro minutos en cancha –contando el descuento- fueron suficientes.
Tercer tiempo. Relax total.
-No puedo creer lo que hiciste Agus. Encima ése short está todo cagado. Es un asco.
-Es lo único que pude conseguir. Por lo menos me lo regalaron.
-Mentiroso hijo de puta. Te vi cuando le diste 20 mangos.
-Es que me dieron ganas de jugar. Estando afuera me di cuenta de que el equipo me necesita.
Todos felices, al menos hasta la próxima fecha. Y el puesto sigue vacante.

viernes 8 de febrero de 2008

Caudillo hay uno solo

Es casi un estilo de vida. No importa el resultado parcial ni el grado de fricción con el que se esté jugando. Hablar, provocar, amedrentar. Nada de especulaciones. Es un arte. No para cualquiera, por supuesto. Pero hay algunos que la practican con un éxito rotundo. Es cierto, a veces se cometen excesos en nombre de la euforia.
-Gooooool. Ahí tenés pelotudo. Para que no jodás más.
-Che, pará Euge. Vamos ganando 7-0 y tienen tres jugadores menos.
Es que simplemente hay situaciones que no pueden evitarse. Forman parte del combo. Veloz, buena marca, remate letal y bocón. Y no es una cuestión de utilizar esa última cualidad con algún grado de estrategia. Para nada. Hay que marcar terreno de entrada.
-Capitanes por favor…
Serio y casi sin mover los labios, el juez reparte las instrucciones de rigor. Saludo y cada uno enfila hacia su propio arco. Excepto por Eugenio que, notablemente apurado, alcanza a su rival.
-Me llegás a mostrar la pelota y te cago a palos.
Sorprendido, la amenaza intenta ser atenuada.
-Pará flaco. Jugá al fútbol querés…
-Ah, encima sos una maricona que no se la banca. En la primera que toques la pelota te vas con fractura de Tibia y Peroné.
No muy sutil por cierto. Pero a veces funciona. Diría que casi siempre. Es que por más que el rival no exterioriza, la intimidación es exitosa. Entonces el habilidoso del equipo contrario no se animará a encarar. O quizá sí. Aunque generalmente será con poco atrevimiento.
La mirada. Herramienta fundamental. Perfeccionada horas y horas frente al espejo. Punto fijo, se fruncen las cejas y los labios casi para dar un beso. Suficiente. Eso alcanza. Después a gozar de los privilegios.
Pobre aquellos que no entienden las amenazas. Pobre el enganche esa tarde que, sin querer, le tiró un caño a Euge. Poco le duró la sonrisa. Al menos la dentadura se le siguió viendo. El gesto de dolor fue contagioso. Eso sí, en ese momento hay que reaccionar. Y Euge es bien precavido.
-Pelota juez, fui a la pelota- al tiempo que continuó en voz baja- Dale cagón, levantate que ya cobró.
La mano al bolsillo. Es tarjeta seguro. Aún no se sabe el color. Otra reacción rápida.
-Flaco, ¿estás bien? Fue sin querer. Me tropecé con vos.
El gesto no pasa inadvertido. El juez no castiga. Amarilla.
-¡Juez! ¿Qué partido está mirando? Me tatuó todos los tapones.
-Y la próxima te saco de la cancha pelotudito.
Fue 3-0. Triunfo cómodo. El tercer tiempo siempre rescata lo más importante.
-Qué patada le pegaste al 10 Euge. Lo reventaste.
-Y mirá que no quería, pero estos boluditos que se hacen los jugadores me revientan.
-Che, te está llamando el enganche.
Euge dudó. Se señaló el pecho para ver si era el elegido.
-Dale salame que te está llamando, ¿o acaso tenés miedo?
-Sabés cuánta sopa te falta tomar a vos.
Unos pasos y por fin frente a frente. No fue nocaut pero sí una de esas reacciones que sorprenden.
-Ahora nadie nos separa. Es más, te dejo que me pegues la primera.
No lo esperaba. Tal fue la sorpresa que ni siquiera hubo respuesta.
-¿Y? Tanto que te hacés el caudillo.
-Pará flaco, lo que pasó en el partido, queda ahí.
-Sos un cagón. La próxima te cago a palos.
A paso lento se fueron alejando. Y Euge volvió. Obviamente no pudo evitar la pregunta curiosa.
-¿Qué quería?
-Nada. Pedirme disculpas por hacerme calentar.
Una vez que se aseguró que su rival estuviera lo suficientemente lejos soltó una nueva agresión.
-¡Pedazo de puto! Qué increíble. No se puede creer que haya personas tan cagonas.

martes 22 de enero de 2008

La marca del malo

Frágil ingenuidad la del malo. Es que para algunos, simplemente, la recompensa siempre está por llegar. Así son los mecanismos que deben soportar los poco dotados. No importa el desempeño. La calificación está puesta de antemano. Y, por las dudas de que a algún atrevido se le ocurra elogiar, suele ser bajita bajita.
-¿Quién comió ayer en el boliche?
-El Negro.
-¡Qué fenómeno!
-Pero mirá que la mina era un bajón. Dos puntitos generosos.
-Dejate de joder. El Negro es un capo.
Impunidad para algunos. No sé cómo la ganan pero gozan de sus beneficios. Privilegio al que muchos jamás accederán.
-Che, el que también comió fue Hernán.
-Ah, mirá vos. No sabía que el puto comía. Seguro que era un asco.
-No, la verdad que estaba buena.
-No puede ser. ¿Le tocó el culo?
-Me pareció…
-¿Y las tetas?
-Tanto no sé.
-Te das cuenta de que es un boludo.
-Y, un poco boludo es.
La crítica es rotunda. No hay márgenes para las sorpresas. Una simple variación en las expectativas del resto y la respuesta es lapidaria. Ojo, tampoco Juan es uno de esos tipos a los que ni siquiera le podés dar un pase. A veces se la rebusca. Pero una vez que el dedo índice te señala, la mancha queda ahí, inalterable.
-Che, tengo ganas de hacer un partidito.
-Dale, me prendo. Pedro y Fede también juegan. Nos faltaría uno. ¿Le decimos a Juan?
-Me estás jodiendo. Para eso juego con un tipo menos.
El repertorio de agravios es casi interminable. Todo gracias al fútbol. Es que en algún punto la pelota marca el status social dentro del grupo. El mejor jugador suele gozar del respeto de la multitud. La fórmula es inversamente proporcional. No es una casualidad suponer que el indispensable poco aporta a la hora de un exigente partido.
Esa tarde fue inusual. Y no por el nivel de Juan. De hecho, evidenció, como de costumbre, sus numerosas limitaciones. Fue el resto del equipo, en este caso, que expresó una notoria baja en su rendimiento. Tres expulsados y dos goles en contra coronaron la tarde. La derrota por 7-1 termina de explicar el resto.
-¡Qué desastre, por Dios!
-La verdad que jugamos para el orto.
-Eh, pará un poco Juan. Acá el que peor jugó fuiste vos.
-¿Y del forro del Tosko no decimos nada? Se hizo expulsar a los cinco minutos por pegarle una piña al juez de línea.
-Por lo menos mostró huevo.
-¿Y tampoco van a decir nada del Pelado? En mi puta vida vi a un tipo meter un gol de chilena en contra.
-¿Pero vos viste la chilena que se mandó? En tu puta vida la podrías hacer.
-Ok, ¿ahora perdimos por mi culpa?
Un silencio termina de acompañar la escena. Por suerte, todas las preguntas tienen respuesta. Aunque muchas veces ni siquiera haga falta decirlas.

martes 4 de diciembre de 2007

La respuesta eficaz

Es cierto. No había indicios de que iba a suceder. Y sin embargo, frente a todo pronóstico, la pelota estaba persiguiendo a Juan. Lejos de ser una situación habitual, pero ahí venía la asistencia del Pelado.
No hay un manual de procedimientos a seguir a la hora de enfrentarse ante una sorpresa. Incluso hasta aseguraría que no existe ni siquiera un borrador. Las reacciones suelen ser difusas. Muchas veces uno responde con comportamientos espontáneos, genuinos. Pero lo cierto es que, a riesgo de quedar como un insensible, lo más aconsejable es evitar sentimentalismos.
-Che, el otro día me crucé con esa mina que está con vos.
-Seguro que estaba con un vaso de agua la muy boluda. Me da bronca que sea tan santita.
-No, en realidad estaba con un flaco de la mano.
La sorpresa abofetea. Es vital una respuesta elegante para no quedar pegado.
-No importa. Cortamos hace cuatro días. ¿No sabías nada vos?
El abanico suele ser bien amplio. Las expectativas se agigantan. Ahí está la rubia solita con un trago.
-Cómo me gusta esa mina boludo.
-Dejá que yo te hago la segunda. Sos muy cagón.
Cuatro minutos fueron suficientes. En realidad tres minutos y apenas 26 segundos para ser exactos. Ahí vuelve con cara de tarea cumplida.
-Pelotudo ya te arreglé todo. Vas, te la encarás y listo. Me dijo que está con vos.
-¿Me estás jodiendo?
-Dale imbécil, andá que te la van a robar.
Todo un caballero. Aliento, peinado, ropa. La perfección está ahí. Un tímido hola no encuentra respuesta. Un segundo intento desata la ira de la rubia.
-Carla vamos a otro lado. Hace un rato, un flaco me rompió las bolas cuatro minutos para que le dé un cigarro. Ahora este pibe con esa jeta pretende que le de bola.
El comentario llegó a destino. Casi por inercia, envuelto en desilusión, giró hacia los pibes y encontró un festival de risas.
-Qué forro que sos. Cómo te la comiste. Qué bebeto te hicimos.
-Ya fue. No importa. El finde que viene me vuelvo a comer a tu hermana.
La respuesta. Una vez más la llave maestra.
Y ahí viene la asistencia. Juan está solo de cara al arco. En un gesto antiestético, eleva la pelota dos metros por arriba del travesaño. El Deuche no pudo. Esa tarde fue derrota 1-0.
-Juan sos un idiota. Te dejo solo y te errás un gol hecho.
-La culpa la tenés vos. Siempre te la comés y justo hoy la pasás. Tomatela gil.
La respuesta no convence. Pero ahí llega el refuerzo.
-Tiene razón Juan. Está bien, lo dejaste solo en la línea, pero desde cuando asistís Pelado de mierda.
-Tiene razón el Tosko. Jamás diste un pase. Ahora no te vengas a hacer el Maradona. Al fin y al cabo perdimos por tu culpa.

lunes 24 de septiembre de 2007

Cualquier cosa te llamamos

El repertorio de excusas está completo. Ya no se reproducen como en un comienzo. Ahora es más complicado encontrar una respuesta creíble. Entonces ahí sale la pregunta, disparada en busca de un blanco movedizo, difícil de impactar.
-Che, ¿cuándo empieza el campeonato?
-¿Viste el video de Wanda? ¡Qué camión!
-¡Pelotudo! Te hice una pregunta.
No hay respuestas. No al menos la que él quiere escuchar. El campeonato comenzó hace casi un mes y el Tano jamás recibió la notificación. Todo cambió. En algún momento su escaso talento futbolístico, su excesiva valentía y su eficacia para hacer echar a rivales fueron de gran ayuda. Pero hoy no. Ya no se gana con sólo conseguir que el mejor jugador del equipo contrario vea la roja. Y la pregunta vuelve con más fuerza.
-El otro día me metí en Internet. La página dice que ya arrancaron.
-Dale pelotudo. No está actualizada. ¿Pensás que te vamos a dejar afuera?
Fue una mezcla entre un descuido y un delito intencional. Ese domingo nadie recordó llamar al Tano. Y entonces vino la luz. Una victoria cómoda, digna del Fair Play. Una victoria que iluminó al resto del equipo. En fin, una victoria que alejó al Tano del glorioso Deuche.
-Si salimos quedate tranqui que te llamo.
Ni siquiera atinó a agarrar su celular. Esa noche los jugadores del Deutsche Bank gozaron de una jornada alcohólica inolvidable. El festín se completó con tres mujeres de dudosa moral. Esa clase de fiestas que se recuerdan cuando algún sospechoso construye un relato ficticio sobre su gran rendimiento sexual. Una vez más reaparece la incomodidad.
-Salame, ¿ayer se juntaron y no me llamaste?
Por suerte hay una serie de frases que alivian cualquier tipo de dolor.
-Fue una mierda. Hiciste bien en no salir Tano. Nos cagamos de embole.
Un suspiro completa la escena. Siempre acompañado por ese “menos mal que me quedé en casa”.
Aquella tarde fue imposible entretenerlo con excusas absurdas. Llegó a la cancha y se sentó en el banco sin pedir explicaciones. Y los goles llegaron uno tras otro. En apenas 20 minutos el Deuche recibió tres goles con la inefable colaboración del arquero. La charla técnica fue digna de un celoso planificador. Todo ensambló de manera perfecta.
-Che, el diez nos está pegando flor de baile.
El Tano picó el anzuelo.
-Del flaco me encargo yo.
Quince minutos del segundo tiempo tuvieron que pasar para que el Tano se llevara de la cancha a la estrella visitante. Pero su arte también recibió la roja. Su cuestionable comportamiento fue el principal propulsor de un empate milagroso. Pero esta clase de ocasiones no se producen a diario. Sería una aberración dejarlas pasar. Escenario ideal para un capitán comprometido con el futuro del equipo.
-Tano otra vez nos dejaste con uno menos. Así no se puede viejo. Tomate un tiempito. Descansá un par de meses y cuando estés más tranquilo volvé.